viernes, 13 de marzo de 2015

Prólogo de "Tus Mariposas"

Un puñado de flores, un jardín de versos encuadernados, editados y hasta vendidos; sólo eso distancia un amor del amor del Poeta. Sólo una flor prendida a su estancia marca la diferencia entre todas ellas y Ella sola. Sólo la espera separa la ilusión de descubrir un amor y la melancolía de vivir esperando un amor que se hace esperar.

Yo conocí a Luis Alberto Nina enfrascado en una tormenta de emociones. Me paraban en seco esos poemas que compartía con amigos y desconocidos como yo. Me llegaban al alma una sarta de letras descarnadas y volátiles como única forma de enfrentarse al mundo. Me envolvía de ternura esa forma íntima de vivir el amor, esa intensidad con que se entregaba a la vida.
¡Ella! Ella era su todo, su mitad y su nada. Era cada día y a cada hora; el motivo de sus letras y la letra de todo lo que motivaban sus ganas de escribir y hasta de respirar. Una Musa hecha a la medida de sus manos, de su entender a medias qué soñaba y qué podía tocar con sus dedos. Y esculpió poemas tan intensos como la espera de cada jueves, de cada día que esperaba un "te quiero"...
Así nace "Las Miradas de mi Rostro", la primera parte de una historia realmente conmovedora, donde el autor consigue hacernos partícipes de una odisea maravillosa; quizás a dos pasos de la realidad y a un respiro de la magia. Nadie queda indiferente en esta trama. Nadie quiere saber dónde empìeza el Poeta ni dónde acaba el poema; a nadie le importa si la Musa ama, ¡claro que ama! ¿Cómo no amar al Poeta? ¡Si todos somos Musa! ¡Si todos somos Poeta!

Y pasa el tiempo sin que pase este amor -este amor no se agota- y un escritor melancólico decide llenarnos de flores el jardín de sus desvelos. Su única luz, la Luna; su única inspiración, su amor...

"Tus mariposas" recoge el vuelo de tantos instantes soñados -hasta en sueños-, el olor de los días dedicados a Ella, a esa Musa de colores rosas, como sus pómulos azarados; violetas, como la femineidad de sus maneras, amarillos, como los tonos que alcanzan los versos olvidados en el papel...
Es un poemario donde no hay suspiro que no haya nombrado el autor: Surfinia, Vainilla, Enebro... Todos ellos echados al aire, sentidos, cargados de melancolía. Impresionantes suspiros alados -como esas mariposas azules que impregnan su historia-  que él devuelve a su Musa algunas veces desposeído de aquel entusiasmo con que nos presentaba su amor en "Las miradas de mi rostro". Otras sin embargo, con la ilusión con que esperan los noctámbulos a la luna cada noche.
La evolución de los sentimientos queda de manifiesto en esta secuencia de versos donde, lejos de renegar a su amor, empieza a sentir su ausencia, empieza a necesitar respuestas. Desespera a momentos por una cobardía contra la que no ha podido luchar su amor: la estancia callada de Ella.

"¿Ves lo que ha ocurrido?
¿En lo que hemos transcurrido?
Debiste decirme
que me querías
que soñabas con mis besos
que era yo tu todo
aunque no fuimos nada. Nunca fuimos nada.
Debiste no sólo intentar quedarte
debieron tus sombras alarmarse y ganarme."


Íntimo, sobrecogedor, el poeta, entregado a un sentir entre lo divino y lo carnal, se compadece de este amor descuidado por Ella, se compadece de sus ganas enfermas por hacer de carne lo que en sueños es sólo de aire.
Y se compadece de todo aquel que no haya sentido lo tremendo de un amor que se deja vivir aun matando su esperanza...

Qué placer haberte conocido Luis, Poeta...
No bastan las musas para crear un amor; y no bastan las letras para llenar un jardín de suspiros. Tu sentir tiene la magia de una sonrisa a medias, de una mirada entornada, de una "clineja" entrelazando sueños. La magia de sus mariposas, "Tus mariposas".

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